sábado, 13 de agosto de 2011

Mensaje del Gran Jefe Seattle al Presidente de los Estados

El gran Jefe de Washington nos envió un mensaje


diciendo que deseaba comprar nuestra tierra.

El Gran Jefe también nos envió palabras de

amistad y de buena voluntad. Es una señal

amistosa por su parte, pues sabemos que no

necesita nuestra amistad.

Pero vamos a considerar su oferta, porque

sabemos que si no se la vendemos, quizá el

hombre blanco venga con sus armas y se apodere

de nuestra Tierra. Quién puede comprar o vender

el Cielo o el calor de la Tierra?

No podemos imaginar esto si nosotros no somos

dueños del frescor del aire, ni del brillo del

agua. Cómo él podría comprárnosla? Trataremos

de tomar una decisión.

Según lo que el Gran Jefe Seattle diga el Gran

Jefe en Washington puede dejarlo, del mismo

modo que nuestro hermano blanco en el

transcurso de las estaciones puede dejarlo.

Mis palabras son como las estrellas, nunca se

extinguen. Cada parte de esta tierra es sagrada

para mi pueblo, cada brillante aguja de un

abeto, cada playa de arena, cada niebla en el

oscuro bosque, cada claro del bosque, cada

insecto que zumba es sagrado, para el pensar y

el sentir de mi pueblo. La savia que sube por

los árboles, trae el recuerdo del Piel Roja.

Los muertos de los blancos olvidan la Tierra en

que nacieron, cuando desaparecen para vagar por

las estrellas. Nuestros muertos nunca olvidan

esta maravillosa Tierra, pues es la madre del

Piel Roja. Nosotros somos una parte de la

Tierra, y ella es una parte de nosotros. Las

olorosas flores son nuestras hermanas, el

ciervo, el caballo, la gran águila, son

nuestros hermanos. Las rocosas alturas, las

suaves praderas, el cuerpo ardoroso del potro y

del hombre, todos pertenecen a la misma

familia.
Por eso cuando el Gran Jefe de Washington, nos


envió el recado de que quería comprar nuestra

Tierra, exigía demasiado de nosotros.

El Gran Jefe nos comunicaba que quería darnos

un lugar, donde pudiéramos vivir cómodamente.

El sería nuestro padre, y nosotros seríamos sus

hijos. Pero, será posible esto alguna vez? Dios

ama a vuestro pueblo, y ha abandonado a sus

hijos rojos.

El ha enviado máquinas para ayudar al hombre

blanco en su trabajo, y construye para él

grandes pueblos. El hace que vuestra gente cada

vez sea más poderosa, día tras día. Pronto

invadiréis la Tierra, como ríos que se

desbordan desde las gargantas montañosas por

una inesperada lluvia.

Mi pueblo es como una corriente desbordada,

pero sin retorno. No, nosotros somos de razas

diferentes. Nuestros hijos no juegan juntos, y

nuestros ancianos no cuentan las mismas

historias. Dios os es favorable, y nosotros

estamos como huérfanos.

Meditaremos sobre vuestra oferta de comprarnos

la Tierra. No será fácil, porque esta Tierra es

sagrada para nosotros. Nos sentimos alegres en

este bosque. No sé por qué, pero nuestra forma

de vivir es diferente de la vuestra.

El agua cristalina, que brilla en arroyos y

ríos, no es sólo agua, sino la sangre de

nuestros antepasados. Si os vendemos nuestra

Tierra, habéis de saber que es sagrada, y que

vuestros hijos aprendan que es sagrada, y que

todos los pasajeros reflejos en las claras

aguas son los acontecimientos y tradiciones que

refiere mi pueblo.

El murmullo del agua es la voz de mis

antepasados. Los ríos son nuestros hermanos,

ellos apagan nuestra sed. Los ríos llevan

nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos.

Si vendiésemos nuestra tierra tenéis que

acordaros, y enseñar a vuestros hijos que los

ríos son nuestros hermanos −y los vuestros−, y

que tendréis desde ahora que dar vuestros

bienes a los ríos así como a otros de vuestros

hermanos.

El Piel Roja siempre se ha apartado del

exigente hombre blanco, igual que la niebla

matinal en los montes cede ante el sol


naciente. Pero las cenizas de nuestros

antepasados, sus tumbas, son tierra santa, y

por eso estas colinas, estos árboles, esta

parte de la Tierra, nos es sagrada.

Sabemos que el hombre blanco no comprende

nuestra manera de pensar. Para él una parte de

la Tierra es igual a otra, pues él es un

extraño que llega de noche y se apodera en la

Tierra de lo que necesita.

La Tierra no es su hermana, sino su enemiga, y

cuando la ha conquistado, cabalga de nuevo.

Abandona la tumba de sus antepasados y no le

importa. El roba la Tierra de sus hijos, y no

le importa nada. El olvida las tumbas de sus

padres, y los derechos de nacimiento de sus

hijos. Trata a su madre, la Tierra, y a su

hermano, el Cielo, como cosas que se pueden

comprar y arrebatar, y que se pueden vender,

como ovejas o perlas brillantes.

Hambriento, se tragará la tierra, y no dejará

nada, sólo un desierto.

No sé, pero nuestra forma de ser, es diferente

de la vuestra.

La vista de vuestras ciudades hace daño a los

ojos del Piel Roja. Quizá porque el Piel Roja

es un salvaje y no lo comprende.

No hay silencio alguno en las ciudades de los

blancos, no hay ningún lugar donde se pueda oír

crecer las hojas en primavera y el zumbido de

los insectos.

Pero quizá es porque yo sólo soy un salvaje, y

no entiendo nada.

La charlatanería sólo daña a nuestros oídos.

Qué es la vida si no se puede oir el grito

solitario del pájaro chotacabras, o el croar de

las ranas en el lago al anochecer?

Yo soy un Piel Roja y no entiendo esto.

El indio puede sentir el suave susurro del

viento, que sopla sobre la superficie del lago,

y el soplo del viento limpio por la lluvia

matinal, o cargado de la fragancia de los

pinos.
El aire es de gran valor para el Piel Roja,


pues todas las cosas participan del mismo

aliento: el animal, el árbol, el hombre, todos

participan del mismo aliento. El hombre blanco

parece no considerar el aire que respira; a

semejanza de un hombre que está muerto desde

hace varios días y está embotado contra el

hedor.

Pero si os vendemos nuestra Tierra no olvidéis

que tenemos el aire en gran valor; que el aire

comparte su espíritu con la vida entera. El

viento dió a nuestros padres el primer aliento,

y recibe el último hálito. Y el viento también

insuflará a nuestros hijos la vida. Y si os

vendiéramos nuestra Tierra, tendríais que

cuidarla como un tesoro, como un lugar donde

también el hombre blanco sepa que el viento

sopla suavemente sobre las flores de la

pradera.

Yo soy un salvaje, y es así como entiendo las

cosas. He visto mil bisontes putrefactos,

abandonados por el hombre blanco. Los mataron

desde un convoy que pasaba.

Yo soy un salvaje y no puedo comprender cómo el

caballo de hierro que echa humo, es más

poderoso que el búfalo, al que sólo matamos

para conservar la vida.

Qué es el hombre sin animales? Si todos los

animales desapareciesen el hombre también

moriría, por la gran soledad de su espíritu.

Lo que les suceda a los animales, luego,

también les sucede a los hombres. Todas las

cosas están estrechamente unidas.

Lo que le acaece a la Tierra también les acaece

a los hijos de la Tierra.

Tenéis que enseñar a vuestros hijos que el

suelo que está bajo sus pies tiene las cenizas

de nuestros antepasados.

Para que respeten la Tierra, contadles que la

Tierra contiene las almas de nuestros

antepasados. Enseñad a vuestros hijos lo que

nosotros enseñamos a los nuestros: que la

Tierra es nuestra madre.

Lo que le acaece a la Tierra, les acaece

también a los hijos de la Tierra. Cuando los

hombres escupen a la Tierra, se están

escupiendo a sí mismos. Pues nosotros sabemos


que la Tierra no pertenece a los hombres, que

el hombre pertenece a la Tierra. Eso lo sabemos

muy bien. Todo está unido entre sí, como la

sangre que une a una misma familia. Todo está

unido.

Lo que le acaece a la Tierra les acaece,

también, a los hijos de la Tierra.

El hombre no creó el tejido de la vida, sólo es

una hilacha. Lo que hagáis a este tejido, os lo

hacéis a vosotros mismos. No, el día y la noche

no pueden vivir juntos.

Nuestros muertos siguen viviendo en los dulces

ríos de la Tierra, y regresan de nuevo con el

suave paso de la Primavera, y su alma va con el

viento, que sopla rizando la superficie del

lago.

Consideraremos la posibilidad de que el hombre

blanco nos compre nuestra Tierra.

Pero mi pueblo pregunta: Qué es lo que quiere

el hombre blanco? Cómo se puede comprar el

Cielo, o el calor de la Tierra, o la velocidad

del antílope?

Cómo vamos a venderos esas cosas y cómo vais a

poder comprarlas? Es que, acaso, podréis hacer

con la Tierra lo que queráis, sólo porque un

Piel Roja firme un pedazo de papel y se lo dé

al hombre blanco?

Si nosotros no poseemos el frescor del aire, ni

el brillo del agua, cómo vais a poder

comprárnoslo?

Es que, acaso, podéis comprar los búfalos

cuando ya habéis matado al último?

Consideraremos vuestra oferta. Sabemos que si

no os la vendemos vendrá el hombre blanco y se

apoderará de nuestra Tierra. Pero nosotros

somos unos salvajes.

El hombre blanco que va en pos de la posesión

del poder ya se cree que es Dios, al que le

pertenece la Tierra. Cómo puede un hombre

apoderarse de su madre?

Consideraremos vuestra oferta de comprar

nuestra Tierra. El día y la noche no pueden

vivir juntos.
Consideraremos vuestra oferta de que vayamos a


una reserva. Queremos vivir aparte y en paz. No

importa dónde pasemos el resto de nuestros

días.

Nuestros hijos verán a sus padres sumisos y

vencidos. Nuestros guerreros estarán

avergonzados

Después de la derrota pasarán sus días en la

holganza, y envenenarán sus cuerpos con dulces

comidas y fuertes bebidas.

No importa dónde pasemos el resto de nuestros

días. No quedan ya muchos. Sólo algunas horas,

un par de inviernos, y no quedará ningún hijo

de la gran estirpe que en otros tiempos vivió

en esta Tierra, y que ahora en pequeños grupos

viven dispersos por el bosque, para gemir sobre

las tumbas de su pueblo, que en otro tiempo fue

tan poderoso y lleno de esperanza como el

vuestro.

Pero, por qué consternarse por la desaparición

de un pueblo? Los pueblos están constituidos

por hombres. Es así. Los hombres aparecen y

desaparecen como las olas del mar. Ni siquiera

el hombre blanco, cuyo Dios camina a su lado, y

habla con él, como el amigo con el amigo, puede

librarse del común destino. Quizá seamos

hermanos. Esperamos verlo.

Sólo sabemos una cosa que quizá un día el

hombre blanco también descubra, y es que

nuestro Dios, es el mismo Dios suyo. Vosotros,

quizá, pensáis que le poseéis −igual que

tratáis de poseer nuestra Tierra−, pero no

podéis. Es el Dios de todos los hombres, lo

mismo de los Pieles Rojas que de los blancos.

Aprecia mucho esta Tierra y el que atente

contra ella significa que desprecia a su

Creador.

También los blancos desaparecerán, y quizá

antes que otras estirpes.

Continuad contaminando vuestro lecho y una

noche moriréis en vuestra propia cama. Pero al

desaparecer brillaréis por el fuego del

poderoso Dios, que os trajo a esta Tierra, y

que os destinó a dominar al Piel Roja en esta

Tierra.

Este destino es para nosotros un enigma. Cuando

todos los búfalos hayan muerto, los caballos
salvajes hayan sido domados, y el rincón más


secreto del bosque haya sido invadido por el

ruido de muchos hombres, y la visión de las

colinas esté manchada por los alambres

parlantes, cuando desaparezca la espesura, y el

águila se haya ido, esto significará decir

adiós al veloz potro y a la caza.

El final de la vida y el comienzo de la otra

vida. Dios os concedió el dominio sobre los

animales, los bosques y los Pieles Rojas por un

determinado motivo. Y este motivo es un enigma

para nosotros.

Quizá podríamos comprenderlo si supiésemos qué

es lo que sueña el hombre blanco, qué ideales

les ofrece a los hijos en las largas noches

invernales, y qué visiones arden en su

imaginación, hacia las que tienden el día de

mañana.

Pero nosotros somos salvajes, los sueños del

hombre blanco nos están ocultos, y porque nos

están ocultos nosotros vamos a seguir nuestro

propio camino.

Pues, ante todo, nosotros estimamos el derecho

que tiene cada ser humano a vivir tal como

desea, aunque sea de modo muy diverso al de sus

hermanos. No es mucho lo que nos une.

Consideraremos vuestra oferta. Si aceptamos es

sólo por asegurarnos la reserva que habéis

prometido. Quizá allí podamos acabar los pocos

días que nos quedan viviendo a nuestra manera.

Cuando el último Piel Roja de esta Tierra

desaparezca y su recuerdo sea solamente la

sombra de una nube sobre la pradera, todavía

estará vivo el espíritu de mis antepasados en

estas orillas y estos bosques.

Pues ellos amaban esta Tierra, como ama el

recién nacido el latido del corazón de su

madre.

Si os llegáramos a vender nuestra Tierra,

amadla, como nosotros la hemos amado.

Cuidad de ella, como nosotros la cuidamos, y

conservad el recuerdo de esta Tierra tal como

os la entregamos.

Y con todas vuestras fuerzas, vuestro espíritu

y vuestro corazón, conservadla para vuestros

hijos, y amadla, tal como Dios nos ama a todos.


Pues hay algo que sabemos, que Dios es el mismo

Dios.

Esta Tierra es sagrada para El. Ni siquiera el

hombre blanco se puede librar del destino

común.

Quizá somos hermanos. Esperamos verlo.


 

 

 

 

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