miércoles, 30 de noviembre de 2011



Ganas de vivir

abraham.
30 nov 2011


Lo recogí a eso de las 9:30. En la escasa media hora que dura el viaje hasta el hospital, nos pusimos al día de nuestras últimas vivencias personales. Esta vez no hablamos de política, como tantas otras veces nos ha gustado hacer. En esta ocasión, nuestros diálogos eran los necesarios para saber, ante mis preguntas, cómo acompañar su estancia ante la doble sesión de tratamiento que estaba a punto de recibir.



Nos recibió una expresión de lucha. A la puerta del hospital, un numeroso grupo de trabajadoras y trabajadores estaban concentrados para exigir el justo cobro de sus salarios. Notar de cerca esa dignidad nos vino bien. En cierto modo, suponía estar en familia, sentir que no estábamos solos ante aquella desventura veraniega.



Subimos a la primera planta. Me enseñó los lugares que para él ya suponían su segunda casa. No le faltaba razón. Después de un par de años de idas y venidas hacían de aquel edificio un lugar de acogida. Los pasillos de un hospital se hacen interminables por las distintas unidades, servicios y salas que habitan. Así, sin siquiera quererlo, pasamos por vestuario, por la sala de autopsias, por la zona de medicina nuclear para finalizar por las salas protagonistas de la estancia, la de radio y la de quimioterapia. Incorporamos al itinerario la UCI, por aquello de estar prevenido ante cualquier dificultad que pudiera surgir, y finalizamos donde me tocaría pasar la mayor parte del tiempo: en una sala de espera. Vistos los distintos escenarios, afrontamos la despedida rogando que fuera lo bastante temporal como para volver a vernos en un rato.



“Tengo ganas de vivir”, me dijo abrazándonos, y dándose la vuelta encaró los cuarenta metros que le faltaban para llegar a su camilla. Con ese hasta luego grabado en mi conciencia, me dirigí hacia la sala, convertida en refugio particular de miedos, penas y lloros. Encendí la tableta, escogí un tema de Vetusta Morla que musiqueara la estancia de espera y me puse a escribirte.



Pasadas un par de horas, vibró el teléfono a la llegada de tu SMS: “me queda poco, ahora te aviso”. Seis palabras que se convirtieron en un bálsamo. Recogí y fui a la puerta de tu encuentro. Apareciste casi sin tiempo de desconectar “Valiente”. Aquellos algodones color mostaza en tus manos y en el antebrazo delataban al dolor. Andabas despacio, tanto que me costo cogerte el ritmo. Volvimos abrazados y así cubrimos dos necesidades: sentirnos cerca y caminar juntos en este tiempo de lucha.

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