miércoles, 30 de noviembre de 2011



Medicalización de la cultura


Patricia Markowicz



Una buena crítica al sistema de salud y su generalización en la cultura implica poder ubicar lo sintomático en su lógica. Lo anterior implica bordear los efectos de malestar por la insistencia ciega en eliminar el objeto ineliminable. El analista encuentra allí una nueva manera de relación, recortando de lo puramente medicamentoso un aliado en las condiciones para la generación de la relación transferencial, esto es, un nuevo mundo para la elaboración del goce contemporáneo.







"Negar la muerte, no ir a los cementerios, no llevar luto, todo eso pareció una afirmación de la vida, y lo fue, en alguna medida. Pero, paradójicamente, se ha convertido en una trampa, una de las tantas que la sociedad actual ha fabricado para que el hombre no llegue a percibir las situaciones límite, aquellas en las que se nos desploma nuestro mundo, las únicas que nos pueden sacudir de esta inercia en que avanzamos. Decía Donne que nadie duerme en la carreta que lo conduce de la cárcel al patíbulo, y que, sin embargo, todos dormimos de la cuna a la sepultura, o no estamos enteramente despiertos."

Ernesto Sábato, La Resistencia



Lo primero que se advierte en relación a la medicalización de la vida actual es el importante grado de penetración de términos del campo de la medicina en el lenguaje ordinario. Sabemos que es a través del lenguaje y de la manera en que éste organiza la experiencia cómo se construye el mundo.



Observemos por ejemplo la jerga de la economía, especialmente sensible al discurso médico a través de expresiones tales como "síndrome", "diagnóstico", "pronóstico", etc. Por otro lado, la praxis médica traduce en sus propios términos la experiencia de la vida y construye un código de comunicación social que invade el lenguaje corriente, del cual Wittgenstein había dicho que "es una parte del organismo humano y no menos complicado que él tratándolo cual una enfermedad en su concepción de la filosofía como "actividad terapéutica".



El modelo médico en el discurso político, especialmente en el lenguaje implementado para gobernar, se remonta al siglo V, en Atenas, donde Tucídides, plantea la historia como política al aplicar el método hipocrático al análisis de los hechos sociales y utilizando los términos: enfermedad, contagio, diagnóstico, pronóstico y tratamiento y planteando la diferenciación entre síntoma y causa. Por otra parte, habla de la "cosa humana" ( tó anthropínon ) como experiencia fenomenológica y hermenéutica paradigmática de la medicina.





Medios de comunicación



El discurso médico en los medios masivos de comunicación se presenta bajo diferentes formas, por ejemplo: el país (la sociedad) está enfermo (o enferma), el diagnóstico (el juicio político) es tal o cual enfermedad, el tratamiento (la receta) consiste en estas u otras medidas. La medicalización del lenguaje, por tanto, no es una mera herramienta lingüística prestada por la medicina, sino una particular organización del mundo, creación de un objeto propio o construcción social de una realidad. La salud ya no es más un asunto privado, entendida como "ausencia de enfermedad", según la definición tradicional de la OMS en la época en que en la medicina aparentemente armonizaban la ciencia y el arte. La salud se ha transformado en cosa pública objetivada como "bienestar" para el cual se ha generado una atención médica en la que confluyen la industria, el comercio y la política.



El empuje a consumir y a comprar generado por el Mercado (nombre propio del significante amo primordial del capitalismo) ha producido un sujeto compulsivo imposibilitado de pensar, de reflexionar, porque no puede parar de hacer, alimentado hasta la obesidad por la Pulsión de Muerte sobre la cual cabalga creyendo que va hacia el éxito. Y efectivamente, es un éxito del Amo. Sujeto compulsivo que no puede detenerse para mirar al otro y conmoverse o sentir vergüenza o amor. Si así lo hiciese, su tristeza y su silencio serían interpretados y nombrados "depresión". ¿Será éste el nombre del malestar en la civilización de la época?



Y entonces: el medicamento. Sin negar su eficacia en ciertos casos y sin olvidar el milagro del descubrimiento de la Penicilina, de la vacuna Salk o de la simple Aspirina, el medicamento se ha constituido en el nuevo Salvador. Si hay malestar, que no se note, que no se detenga el ritmo vertiginoso de la época. La pastilla obtura rápidamente y acompaña el dolor psíquico. El hombre ya no está solo, tiene un pequeño objeto con presencia continua ya que existe una pastilla para cada uno, las hay de todos los colores y formas y para todas las necesidades.



El objeto medicamento entonces, se ubica allí donde algo no anda, donde algo falta. Se trata de llenar todo vacío, por mínimo que sea, con los objetos ofrecidos generosamente por el Mercado.



El uso social del medicamento se plantea como un derecho: el derecho a la salud.



¿De qué salud se trata este derecho?



En el sistema capitalista es la Mercancía quien gobierna, más o menos democráticamente, ofreciendo, a cambio, ciertos derechos a los ciudadanos. Y así el derecho a la salud es el derecho (¡y casi el deber!) de poder comprar los medicamentos y de poder pagar su medicina pre-paga. Mercancías a ser consumidas.



Se trata de una salud que no contempla diferencias, no existe el uno por uno de cada padecimiento o de cada posibilidad económica: es el para-todos que ordena ofrecer su cuerpo al sistema ya que el Mercado opera desde una concepción biopolítica del poder. Michel Foucault señala el surgimiento de un biopoder que absorbe el antiguo derecho de vida y muerte que el soberano detentaba y que pretende convertir la vida en objeto administrable por parte del poder. En este sentido, la vida –regulada- debe ser protegida; para tales efectos es necesario el control de los cuerpos, de su salud, de su sexualidad es decir, de sus goces. El poder tiene también el derecho de reprimir, de encarcelar, de matar.





El medicamento





Copiando el modelo americano y la promoción de las "life-style medicines", ante la mínima molestia la respuesta inmediata es tomar una pastilla, sobre todo, psicofármacos. El psicotrópico se ha banalizado, es pensado y consumido como una pastilla fácil que proporciona al sujeto un alivio rápido para las condiciones de molestia y malestar que acarrea la vida y el desamparo actuales. El fenómeno de "medicalización de la vida" está asociado a la subjetividad contemporánea y tiene que ver con el ideal de sujeto proactivo, obligado constantemente a mejorar su perfomance.



Por otra parte, el fenómeno "medicamento" existe en un mundo en el que el universo simbólico está muy disminuido. La caída del Nombre del Padre es la caída de lo simbólico como límite a los goces, de los lazos familiares y sociales, la pérdida de los significantes de la propia cultura e historia. La globalización de la imagen ha reemplazado los tejidos simbólicos que hacían red sosteniendo comunidades. Y entonces queda un vacío que aprovechan, ya que lo generan, las grandes corporaciones, en este caso farmacológicas, para introducir el objeto que les producirá ganancias.





…y el Psicoanalista



Obviamente la naturaleza farmacokinética del medicamento, su acción específica, escapa al campo del psicoanálisis, sin embargo no es ese el único modo en que las sustancias actúan en los seres humanos. ¿Qué otras dimensiones podríamos aislar?



Un psicoanalista se ubica él mismo como objeto, objeto que sus pacientes toman como parte de la cura. Vemos así la intrincada relación entre la sustancia y la palabra que puede establecerse en un análisis.



Ya Balint, preocupado por la eficacia terapéutica, decía que es el psicoanalista quien se prescribe a sí mismo ofreciéndose para ser "consumido" en la relación transferencial.



Freud, en su sueño "La inyección de Irma", nos muestra la posición agalmática que le atribuye a la fórmula que aparece en el sueño. Freud busca algo que pueda curar a su paciente y encuentra una fórmula química, es decir, trabaja una relación al saber como vía de curación, el saber como hecho de fórmulas, de elementos simbólicos. Aunque ciertamente no es este el único aspecto interesante para el psicoanálisis, existe además un elemento libidinal, elemento que se ve en las adicciones a tóxicos pero que se puede estudiar también con el llamado efecto placebo. Se lo interpreta, desde la ciencia, como un efecto de impureza en la experimentación pero en cambio, para el psicoanálisis es allí donde aparece la dimensión subjetiva, en un borde que se sitúa entre lo verdadero y lo falso ubicado en el cuerpo. El efecto placebo es algo falso pero que permite llegar hacia lo verdadero de ese sujeto, contrariamente a lo que los investigadores concluyen en su búsqueda de pureza, ya que olvidan lo propio de lo humano. El placebo revela que todo medicamento es inseparable de una acción subjetiva. Una sustancia activa y beneficiosa también contiene un efecto placebo ya que si cura induce a creer en ella y la creencia introduce la subjetividad, por lo tanto, siempre hay un plus además de la acción específicamente farmacológica. El medicamento no es sin sujeto.



Tanto la pureza química como la idea de una sugestión todopoderosa no son sino ilusiones.



El sujeto está presente en toda demanda y eso está siempre en juego en cualquier relación del medicamento con el cuerpo. El medicamento ya no pertenece a la ciencia desde el momento en que se lo nombra, que se lo conoce por un nombre determinado, común en un medio dado. Actualmente los nombres de los medicamentos circulan en nuestra cultura de modo importante, son parte del lenguaje común.



El médico, psiquiatra o psicoanalista, debe saber que no se trata de dar cualquier sustancia para obturar la demanda del paciente sino de sostener esa relación con un sujeto que le pide algo. La transferencia es la base sobre la que asienta su posibilidad terapéutica, con o sin medicación.



Muchas veces es necesario buscar aliados en una cura analítica y el medicamento puede serlo ya que gracias a él, un sujeto puede recortar su organismo de un modo nuevo, un medicamento bien indicado puede facilitar una entrada en análisis.



Por todo ello el psicoanálisis no puede oponerse a la prescripción medicamentosa sino hacer de la potencia del medicamento su aliado en la búsqueda de la palabra perdida para ese sujeto. Se tratará de usarlo de la buena manera, aprovechando sus beneficios y en el marco de la transferencia.






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