jueves, 10 de noviembre de 2011


LA ESCUELA


Una de las experiencias que tuve que vivir en la preparación y paso por la ciudad de mis sueños, fue la de hacer de profesor y alumno de los niños de la comunidad. Todo comenzó una mañana que Manor y una bellísima mujer, llamada Esther, acudieron a mi encuentro para llevarme a la escuela donde se albergaban muchos niños y niñas alegres y felices en su mundo, un poco apartado de los mayores. La escuela estaba formada por diversas casas muy largas y de un solo piso, como casi todas las que componían la ciudad. Se asomaban a un patio central repleto de verde intenso y con elementos de juego muy raros esparcidos por la superficie. Los niños de distintas edades, jugaban aparentemente como juegan todos los niños de todas las ciudades, completamente revueltos, bulliciosos y alegres en sus expresiones y ademanes. El contemplarles por unos instantes, te invitaba a jugar con esa despreocupación maravillosa propia de las almas felices e inmaculadas. ¡Qué bonitos eran!, ¡Qué alegría me proporcionaron en esos momentos tan intensamente vividos!
Seguí a Manor y Esther hasta el interior de una de estas casas, toda de madera bien pulida y lisa. Penetramos en lo que debía ser una clase de enseñanza, no distinta a las que nosotros frecuentamos en las mismas edades. Nos enfrentamos a veinte o veinticinco niños de edades comprendidas entre los diez y los trece años. Me hicieron sentar delante de ellos entre Manor y Esther como guardianes de mi persona y ésta última se dirigió a los más pequeños con estas palabras:
‑Como todos sabéis, tenemos entre nosotros a nuestro hermano Juan, que ha venido de otra civilización con el solo objeto de conocernos y recibir las enseñanzas precisas en su labor futura. Una de estas labores que debe realizar en nuestra comunidad está relacionada con la convivencia entre nosotros, para recibir de vuestras almas el cariño que sin duda sabréis ofrecerle.
Después de sentarse Esther, Manor tomó la palabra a su vez y les dijo cariñosamente:
‑Debéis de contar a Juan vuestras inquietudes y vuestros sentimientos, tenéis que procurar adquirir todo el conocimiento que su experiencia y su vida de planteamientos distintos, que puede ofreceros.
Después de estas palabras, se volvió y me miró, a la vez que con un gesto de cabeza, me invitaba a comenzar el diálogo que debería improvisar sin preparación alguna. Recuerdo muy bien haberme puesto de mil colores ante los ojos asombrados de los niños, que se miraban esperando oír mi voz. Todos los cuellos se estiraron un poco para invitarme a hablar y por fin dirigiéndome al primero de ellos con pelo totalmente rubio, le pregunté:
¿Cuántos años tienes?
‑Tengo doce años. ¿Cuántos tienes tú?
‑Treinta... ¿Qué materias estudiáis?
‑ ¿Qué es estudiar exactamente?
Ya empezaban las preguntas que son tan difíciles de responder y ya comenzaba a ponerme nervioso. Los niños de nuestras ciudades, estudian en los libros aquellos conocimientos, que luego les ayudarán en su vida y les procurarán un puesto de trabajo.
‑Nosotros no tenemos libros para estudiar, aprendemos las claves que necesitamos para activar aquello que está en nosotros y que hemos heredado de nuestros espíritus. ¿Por qué se debe estudiar para después trabajar?, ¿tan difícil es trabajar en vuestra sociedad?
Qué podía responderle al niño para que entendiera los razonamientos y los puntos de vista de nuestras vidas, tan raras y extrañas a su lógica.
‑El trabajo, como tú debes saber, es de distintas especialidades o niveles y para ejercitarse en uno o en otro, es necesario adquirir ciertos conocimientos o especializaciones que te permitan desarrollar sin error estas funciones diversas.
El niño se quedó un poco extrañado, pensando que sin duda deberíamos ser una raza anormal o subdesarrollada para estudiar la forma de hacer producir la tierra o de poder fabricar el pan o los tejidos. En su ciudad a nadie se le enseña a manejar una herramienta, todos conocen instintivamente su manejo y las tareas propias de la subsistencia y de la labor, sin que necesariamente tuvieran que estudiarlas con antelación. Pero el sentido de las preguntas del niño iban por el aspecto discriminatorio que en nuestra convivencia damos al hombre con carrera y al ignorante que no ha estudiado. Ellos comparten por igual las tareas más sofisticadas con las más rudas, sin distinción de clase o de especiales conocimientos. Su tecnología era en tal calidad sintética y en su evolución tan elevada, que los conocimientos más normales en su orden, se presentan a nuestros ojos como verdaderos problemas de ciencia. Una niña sentada junto al primero de los preguntados, me interrogó a su vez con rapidez:
‑ ¿Cuántos hijos tienes?
‑No tengo ninguno; no he encontrado la compañera ideal para tenerlos.
La niña se quedó un poco triste, por tener que aceptar la afirmación a sus oídos tan dura de mi respuesta, debido al sentido tan elevado que este pueblo tiene de la creatividad responsable. Les es muy difícil imaginar que un hombre o una mujer en edad adulta para engendrar, no expresen este sagrado don. De nuevo la niña me preguntó:
¿Por qué dejáis a los niños morir de hambre? ¿No tenéis suficientes alimentos para ellos?
Esta pregunta me la hacía con una lágrima en sus ojos, que resbalaba sin querer por su mejilla y me conmoví por la denuncia tan espontánea y dura que me hacía un maestro de la dulzura, como lo era el espíritu de la niña, llena de candor. No pude responder más que con otra lágrima, que de igual manera salió de mis ojos y cayó hasta el suelo, mientras en mi mente apareció la aberrante imagen del consumista desperdiciando comidas, o las cuantiosas y absurdas fiestas de despilfarro y degeneración que contemplan en el mismo acto, imágenes atroces de una humanidad más pobre muriendo de hambre y de calamidades.
‑Querida niña, no puedo responderte de ninguna manera para que puedas entenderme, puesto que tu naturaleza no aceptaría el odio o el desamor; pero en mi mundo no todos son como vosotros y estas cosas pasan a pesar nuestro. Te ruego no me las preguntes. Dime tú: ¿Qué te gustaría ser de mayor?
‑Quiero ser madre y conocer el sentido del ritmo para poder hacer música. ¿Te gusta la música?
‑Sí, me gusta mucho.
Una de las pasiones que más determinan a estos niños, es la música, tanto colectiva como individualmente, precisamente porque con la música son capaces de penetrar en otro estado de contemplación o de asimilación más afín a conceptos de dimensiones más elevadas. En un momento de ese mismo día, asistí a una interpretación musical y me quedé maravillado porque lo que tocaban no era otra cosa que latidos o vibraciones que penetraban en tu alma elevándote entre las notas que te empujan a erguir el cuerpo y sentirte flotar en cada sonido. Desde los últimos asientos, un niño más alto que los demás, me preguntó con decisión:
¿Por qué los niños de tu mundo se drogan?
‑Por culpa de los mayores, puesto que han engañado a la juventud, instrumentalizándola a los fines más bajos y dañinos y con el sólo objeto de enriquecerse unos pocos, con el sacrificio de otros.
¿Pero no conocen la ley de causa‑efecto?
Otra pregunta de dificultad para responder. Todos conocemos la ley de causa‑efecto, pero, ¿cómo puedo explicar que conociéndola perseveremos en el mal y en el error haciéndonos daño constantemente?
‑La conocen, pero no la practican porque viven engañados y van en pos de metas dañinas, que sólo buscan el aniquilamiento del hombre.
E1 niño se sentó, pero mi respuesta le había activado profundamente en su interior y estoy seguro que esta afirmación mía, le elevó aún más en el empeño de seguir al bien por el bien.
Fui entrevistado uno por uno y recibiendo respuestas y preguntas de diversa naturaleza, incluso muy típicas, como la que me solicitaba una chiquilla menudita en relación al por qué tenemos jueces en nuestra sociedad. Ella creía que eran perfectos y que podían juzgar a los demás a partir de esta perfección, pero al responderle que también los jueces tienen defectos, no podía entender entonces, cómo eran capaces de juzgar a otros. Otro niño se inquietaba por lo absurdo que resultaba para él el estudiar carreras como derecho, ciencias políticas, sociología, psicología, etc., etc.... En su lógica el estudiar derecho resulta extraño, pues a nadie hay que defender o castigar, ni a nadie se le debe explicar la ley. No entendía cómo se puede amar a esta materia de estudio, decía que no era natural querer a lo impotente o a lo remendante de lo que la ley, nacida de cada ser, dicta a la persona. No entendía cuál era la función de los notarios, de los economistas, de los asesores, de los fiscales y de otros tantos planteamientos que a lo largo de nuestra conversación pudimos desmenuzar. Para ellos, todas estas profesiones resultan incapaces y fuera de toda lógica. Me sometieron, a un careo tan duro que al final terminé por confesar mi total impotencia. Tuvieron una gran perspicacia al preguntarme el porqué del Código Civil, del Código de Comercio, de la Legislación de los Impuestos, del Derecho Penal, de las Constituciones y de las Cartas Programáticas. Yo les respondía que todas estas cosas no las conocía en su totalidad, pues era muy difícil asimilar las miles de páginas y conceptos que contienen. Entonces ellos me dijeron con su lógica, que no podía ser un buen ciudadano cuando no conozco mis propias normas de convivencia. Ciertamente hemos llegado a tal punto de estupidez, que cualquier actuación natural o espontánea del individuo podría causar delito o incumplir alguno de los reglamentos anteriormente enumerados. Seguramente llegará el día que un pastor o una persona alejada de la convivencia, como los labriegos y similares, al acercarse a la ciudad, cometiera alguna falta contra la Ley del Suelo, contra la de los Impuestos, contra la urbanidad o contra cualquiera de las majaderías legales que el hombre ha inventado en su convivencia. Otros niños me preguntaron cosas diversas y yo a su vez les planteé otro sinfín de ellas, que no puedo exponerlas aquí, por haber olvidado algunas y por extensas otras. Alguna fue muy curiosa, como la de: ‑ ¿Por qué vestís con esos tubos de tela en vuestros brazos y piernas?
Fueron dos los días que viví con los niños y con sus profesores y se llenaron de inquietudes; pero realmente lo más importante que pude asimilar, no fueron las preguntas y respuestas a las que me sometí, sino las vivencias que pude realizar en su compañía.
En la mañana del primer día, dialogué un momento con Esther sobre el sistema de enseñanza y ella me explicaba lo siguiente:
‑Nosotros tenemos siempre presente que no podemos ser nunca maestros de aquello que se renueva en y por los niños, portadores de una nueva y mayor conciencia. Nuestra real misión es la de cuidar el sistema o método que propiciará el despertar de todo lo que potencialmente contienen las diversas personalidades de estos niños. En la educación cuidamos sobre todo el comportamiento respecto a ellos, para que no sea otra cosa que el protagonismo de los mismos y nunca el del maestro. Los condicionamientos que portan en sus conciencias no adiestradas al mundo de la materia, son volumétricos y no lógicos con nuestros planteamientos; por tal motivo tratamos de ayudar a su propia personalidad en el desmenuzamiento y acoplamiento de esta verdad absoluta a los planos de vivencia.
¿Qué sistema empleáis para esta curiosa técnica?
‑No es curiosa Juan, es una verdad absoluta no operante en vuestra civilización absurda, que ha matado la linfa contenida en vuestros hijos, para que prevalezca la del padre o la estupidez de los mayores. Nosotros hemos observado en cada cosa que vive y palpita, que el renovamiento o mutación de lo viejo en lo nuevo, trae consigo verdadera sabiduría y somos absolutamente obedientes a este principio. El método en sí no tiene reglas fijas, pero la misión del maestro o educador dotado de sensibilidad, es captar la necesidad que la colectividad requiere y canalizarla en la realización del quehacer diario. Para que me entiendas gráficamente, podría tratarse de una imagen parecida a un solo niño formado por todos, que te pide jugar, leer o hacer música, en fin, el tratar de penetrar en el sentir colectivo de toda la clase es francamente difícil, pero no imposible para aquellos que tienen como método de su vida, el servir de esta forma tan bella. No obstante el maestro deberá recoger a su vez las individualidades peculiares de cada uno y catalizarlas, dirigiéndolas por el camino preciso.
‑Entonces, ¿más que maestros sois psicólogos?
‑Es muy frecuente en vuestra lógica separar en diversas materias algo que acompaña a la personalidad de cada individuo. La preparación es sobre todo interior y de valores, más que de estudio escolástico.
Estas palabras con Esther, me habían llevado a descubrir los verdaderos valores que debería portar un maestro y que tan escasamente se observan en nuestras escuelas e instituciones repletas de educadores con títulos flamantes, pero carentes de sensibilidad para vivir con los alumnos. A continuación tomó la palabra Manor, para decirme:
‑Confiamos y veneramos la clase tuteladora, a la que hemos confiado la misión de cuidar de nuestra evolución y entregamos nuestra responsabilidad a estas personas, que repletas, de aristocracia espiritual, realizan su función con altruismo y conscientes de ser los instrumentos de un devenir ordenado y responsable. Condenamos vuestros sistemas, que han entregado a los niños al absurdo. Sois guiados por gobernantes corrompidos hacia una sociedad dirigida por el egoísmo. Vuestros cuerpos están confiados a una medicina que sólo pone remiendos y parches, por ser incapaz de cuidar al hombre en su raíz; vuestras almas son dirigidas por sacerdotes y educadores que os han dado un Dios tirano y castigador sin esperanza de futuro y que han matado las ansias expansivas de las energías jóvenes que desean el cambio. Y por último, vuestros espíritus están entregados a la bestia que mueve los hilos de la corrupción y del odio, poniendo a unos contra otros en una afrenta constante de desgaste y de anulación.
Algunas palabras de Manor eran realmente duras, pero siempre verdaderas y cargadas de sentido. En estos momentos la raza humana tiende hacia su propia anulación y cualquier manifestación de la misma, o bien está errada, o alimentada en su interior con los más bajos instintos; pero es duro que otro de fuera te lo diga y te enumere los pecados que vives en tu casa y que alimentas consciente o inconscientemente. Pero como este capítulo habla de las experiencias de la escuela, debo proseguir para contar cómo fui llevado por los niños a las márgenes de la ciudad y pude contemplarles perfectamente dirigidos por alguno de entre ellos mismos en la edificación de una de las casas, que grano a grano, ladrillo a ladrillo, iban edificando con una perfecta satisfacción. Me acerqué al que parecía más activo y le pregunté:
‑ ¿Por qué hacéis estas cosas?, ¿no son cosas de mayores?
‑ ¿Por qué de mayores?, nosotros somos libres en nuestra civilización, de atar y desatar nuestros destinos. Nadie nos impone y a nadie imponemos. Sabemos interpretar conscientemente nuestro papel responsable en la sociedad y no podemos substraernos a la labor de edificar el bien en todas sus manifestaciones. Observando a vuestra juventud, vemos que la iniciativa del altruismo y del protagonismo no existe en ellos y además son reprimidos y dirigidos a una operatividad que sólo interesa al egoísmo de unos pocos mayores. Hemos visto que se limitan a vegetar enfrente de sus libros pasivamente, sin dar salida a los numerosos impulsos creativos y experimentativos. Parte de nuestra enseñanza radica en la experimentación consciente, como el ejemplo que tú ahora puedes observar. Gran parte de nuestro esfuerzo se encamina a la construcción de las edificaciones que contiene esta ciudad y que son impregnadas de nuestra animosidad edificativa y experimentativa.
Aquel niño más bien parecía un anciano por la forma de expresarse y me sentía realmente pequeño al oírle hablar con tanta seguridad y aplomo en sí mismo. Atraído por esta seguridad, volví a preguntar con deleite:
‑ ¿Pero, qué podéis aprender en esta tarea, que no pueda ser asimilado en la escuela? Nosotros estudiamos sólo los aspectos generales de estas acciones sin que necesariamente debamos experimentarlas.
‑Nosotros debemos fundirnos y transformarnos en la realización de aquello que deseamos construir. Todas y cada una de las piedras y materiales de esta casa, están revestidos de nuestras vibraciones, que harán psiquizar cada pensamiento y cada impulso que en ella se den hacia un determinado fin en el que hemos puesto nuestro empeño y nuestro esfuerzo. Cada elemento que forma nuestra civilización, está absolutamente impregnado de nuestro amor creador y nada se escapa a nuestro control, puesto que cada elemento es una continuación de nosotros mismos. Si tú observaras la naturaleza, verías que cada animal hace su propio hábitat puesto que en caso contrario no podría vivir en aquello que no le es familiar y le pertenece.
‑Esto que dices es posesivismo. ¿Para qué están las constructoras o los especialistas en este trabajo?
‑ ¿Tienes tu posesivismo con tu corazón o tus riñones?
Era imposible hablar con aquellos niños sin salir perfectamente confundido. En la labor que atentamente contemplaba, lo más impresionante era la aparente tranquilidad con que dirigían sus movimientos, parecía como si en cada tarea impusieran su alma llena de reposo y sensatez. En un momento determinado, las labores concluyeron y se dispusieron a comer en nuestra compañía. La comida había sido elaborada por ellos con una perfecta autonomía y se sentaron todos en torno a una mesa redonda de madera sólida, que repleta de platos del mismo material, fue servida precisamente por aquellos que en la construcción habían dirigido los procesos de mando, con una total disposición y presteza. Lo que luego pude vivir, me llenó de asombro. Reviví una antigua costumbre de nuestra civilización. Todas las miradas se concentraron en Manor, como el de más edad, y éste poniéndose en pie y elevando los ojos al cielo sobre la sumisa mirada de los niños, bendijo la mesa y a los comensales con un solo gesto de auténtico paternalismo. Algo debía tener aquella bendición, porque en ese momento un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y algo muy bonito se fijó en mi corazón. Ahora en los momentos de verdadera comunión entre los que me son afines al espíritu, de nuevo alzo yo mi mano y la dirijo en la misma forma a los alimentos y a las almas que se sientan en la misma mesa, y lo hago con la total certeza de transmitir el verdadero maná que da sal y levadura a los alimentos que nutrirán nuestro cuerpo y nuestra alma. Comimos con alegría todos revueltos y felices y puedo asegurar que era un niño más, totalmente despreocupado y juguetón. Nadie podía sustraerse a este impulso que imponía la presencia de tantas almas jóvenes. Después de comer, acompañé a Manor y Esther a otro ángulo de la ciudad, donde otro grupo de jóvenes de distintas edades estaban podando las ramas de diversos árboles, que en ese lugar crecían frondosos y repletos de frutos. Uno de los niños se nos acercó y nos ofreció una herramienta semejante a un hacha, para que iniciáramos la misma tarea que ellos, y después de situarnos a cada uno en un sitio distinto, desapareció en la misma forma que había venido a nuestro encuentro. El grupo trabajaba rítmicamente a los sones de una bellísima canción de notas simples que cantaban constantemente. En un momento de la tarea, pregunté al que junto a mi trabajaba abstraído en su labor:
‑ ¿Con qué fin realizáis este trabajo?
‑Son dos los fines principales. El primero, asumir la tarea de nuestro quehacer diario en la colectividad; el segundo, es el puro y simple contacto con la naturaleza. Esta canción que ahora escuchas, no es siempre la misma, está dictada y captada por la vibración viva y latente en el entorno natural que nos envuelve.
‑ ¿Quieres decirme que la canción no la conocíais hasta este momento?
‑No se puede conocer lo que está por suceder en la mente gigante de la naturaleza, sólo se te revela en la medida que tú pulses las teclas de su armonía. Nosotros hacemos sonar este instrumento natural, que gusta de ser tocado y acariciado.
Estas conclusiones salidas de la boca de un niño, eran realmente sorprendentes y además llenas de un carismático sentido de participación.... ¿Cómo se podía hacer sonar la naturaleza? .... El niño me respondía de esta manera:
‑Nosotros encarnamos conscientes este sentido que el Maestro Jesucristo os mostró al tiempo de su manifestación en el mundo, pues era tal la participación y la simbiosis de su espíritu con las fuerzas naturales o zigos, que paraba las aguas y los vientos a su voluntad y era tal la sensibilidad de la naturaleza hacia Él, que el día de su muerte, un grito de dolor salió de las entrañas de la Tierra y se oyó en los confines del universo. En esa misma medida, somos capaces de escuchar los ritmos de estas fuerzas primordiales.
‑Pero para lograr esto, se necesita estar terriblemente evolucionado...
‑E1 topo ignora el arco iris, pero a pesar de esta circunstancia, esta maravilla natural sigue existiendo. El sonido del trueno no es captado por el sordo, pero truena intensamente en las tormentas. El que escuche bien la naturaleza, percibirá los sonidos y las vibraciones que su particular sensibilidad sepa atraer y que determinan los estados de estas fuerzas o zigos.
Eran realmente peligrosos de entrevistar, a cada instante te encontrabas con una reprimenda de sentido lógico y sabio de sus naturales y genuinas conciencias. Luego de esta tarea, todos se juntaron en torno al fuego y comenzaron a relatar sus impresiones sobre los conceptos que Esther les sugería y me quedé maravillado de lo que allí se hablaba, que no pude entender en toda su extensión, por plantearse temas de dimensiones nuevas y totalmente desconocidas para mí. Luego de dos horas de charla, se despidieron todos con alegría, después de una jornada de total y absoluta participación. Jamás vi tanta intensidad en unos niños, realmente vivían con plenitud cada segundo de sus vidas y parecían aprender con cada respiración y con cada gesto. Habían conseguido cansarme con tanta actividad y acompañado de mis hermanos, regresé a mi reposo bien ganado, entre la alegría de un día bien vivido y experimentado. El segundo día de mi estancia en la escuela, me acerqué a contemplar las tareas de los alumnos ya casi adultos, que operaban con aparatos muy sofisticados para medir el firmamento y las estrellas y a otros grupos que investigaban como los biólogos de nuestra civilización. También entrevisté a los estudiantes de medicina, pero dada su importancia en este caso, lo relataré en un capítulo aparte. Ahora sólo plasmaré algunas facetas de la conversación que mantuve con alguno de los que observaban el firmamento. Me acerqué a un grupo y me dirigí a aquél que se disponía a satisfacer mi interés, preguntándole:
‑ ¿Qué tarea realizáis exactamente?
‑E1 último de nuestros peldaños en la enseñanza organizada y dirigida por los educadores, es la observación del universo y del firmamento que nos contiene. Después de estudiar intensamente la naturaleza próxima, proyectamos nuestro interés al modelo de arriba, que dicta el patrón de una sabiduría eterna.
‑ ¿Cómo es ese dictado?
‑E1 mejor matemático de vuestra civilización, deberá calcular las distancias exactas de todas las estrellas que vienen en la galaxia, antes de llamarse maestro de matemáticas. El mejor filósofo deberá responderse a todos los pequeños porqués de este universo vivo y en constante movimiento. El mejor científico deberá escalar un poco más a Dios. Este es nuestro modelo de enseñanza eterna e inacabable. Un antiguo axioma dice: "El universo es mental", y es efectivamente cierto que existen tantas ideas y cuerpos en el pensamiento en torno a nosotros poblando el infinito cosmos, que para desmenuzarlas necesitaríamos trillones de años. El cosmos está constantemente dictando, pues es un sinfín de ideas superpuestas y acumuladas en el éter, en el aire, en el Sol, en cada planta, en cada respiración.... Sólo hay que quitar la venda de los ojos y la cera de los oídos y tendremos el dictado más maravilloso que podamos imaginar. El simple pensamiento que elaboras, al instante queda impreso y grabado en el cosmos, para que otro oído u otro ojo, lo escuche y contemple. Por todo esto Juan, nosotros no tenemos libros, sólo nos hace falta uno, que es el que contiene todos los demás.
‑ ¿Cómo aplicáis estos conocimientos?
‑Cada sabiduría asimilada y experimentada, produce un crecimiento biológico, psíquico y espiritual, que engrandece el árbol de la vida nutriendo nuestra existencia. Por este principio, cada conocimiento asimilado por uno de los individuos, repercute consciente e inconscientemente en la raza, a los niveles que te he dicho.
‑ ¿Cómo es posible que tu saber se introduzca en mis neuronas?
‑Hemos entrevistado a un niño pequeño de vuestra civilización, por la posibilidad de que exista un vínculo de unión y de comunión entre todos los seres vivos de nuestro planeta. ¿Sabes lo que el niño de tres años nos ha respondido?: "El mismo aire besa la cara de nuestros cuerpos y la misma noche cubre nuestros sueños". Imagínate los infinitos vínculos de unión que pueden existir a partir de lo declarado por el niño.
He procurado reunir los datos más significativos que me tocó vivir en estos días de experiencias y ahora con toda la conciencia, puedo asegurar, que no existen joyas más preciadas y que más sonrisas produzcan en el rostro de nuestro Padre Creador, que los niños. Me enamoré de ellos y me propuse producir lo necesario para que en el futuro, nuestros niños sepan dirigir los destinos de una nueva humanidad con verdaderos valores universales y positivos. Nunca se debería maltratar a los pequeños porque son las lágrimas de Dios en la Tierra. "Lo que hacéis a uno de éstos, me lo hacéis a mí, estas palabras recorrerán las conciencias de cada hombre de este tiempo y la justicia hará estragos entre los mezquinos que han negado y humillado este don divino. Que cada uno de vosotros ponga fin a este capítulo y con esa meta comprometa su ánimo y su empeño en una nueva conciencia de cambio.
¿Son unos seres superdotados, verdad? Pero no está tan lejano el día que estos niños poblarán nuestras calles y nuestras escuelas: quizá alguno de nuestros hijos lleve ya consigo el gen de cambio. Que así sea....

No hay comentarios:

Publicar un comentario