sábado, 30 de octubre de 2010

ANMISTIA INTERNACIONAL

Amnistía Internacional nació por las inquietudes de un abogado británico, Peter Benenson, que en 1961 decidió comprometerse con la lucha por los derechos humanos allí donde éstos se vieran amenazados o negados. Lo que comenzó siendo una pequeña organización localizada en Londres fue creciendo en tamaño y, sobre todo, en influencia, hasta el punto de convertirse en un referente mundial de prestigio -en 1977 recibió el Premio Nobel de la Paz- con delegaciones en decenas de países.


Su símbolo es una vela encendida rodeada de alambre de espino.

La defensa de los presos de conciencia y la denuncia de violación, por parte de los gobiernos o de otros grupos, de sus derechos básicos forman parte de la bandera de Amnistía Internacional, que ´adopta´ a quienes por motivos políticos o religiosos, y sin haber recurrido a la violencia, sufren cualquier forma de represión en tales derechos. Por esa razón no defenderá a ningún grupo o individuo que use métodos violentos, por más justa que pudiera ser su causa. Es decir, un grupo terrorista, por el mero hecho de serlo, queda fuera del ámbito de su defensa, aunque invoque razones de peso, ya que el medio usado, el terrorismo, anula automáticamente la fuerza moral de sus reivindicaciones.

Sus campañas de denuncia tienen como propósito sacar a la luz lo que de otra manera quedaría sepultado en el olvido y de esta manera hacer presión para que tales presos de conciencia sean puestos en libertad. Así es como en las listas de presos adoptados como casos de conciencia por la organización han aparecido también cristianos, que en determinados países han sufrido o están sufriendo por causa de su fe.

Sin embargo hay una salvedad en la que Amnistía Internacional sí defenderá a alguien que haya recurrido a la violencia y es en el caso de aquellos que habiendo sido capturados sean sometidos a tortura. Por lo tanto, si un terrorista es torturado para arrancarle alguna confesión o delación, Amnistía Internacional hará suyo el caso y lo denunciará públicamente.

Todos tenemos todavía en el recuerdo las imágenes de abusos, vejación y torturas llevadas a cabo, con motivo de la guerra de Irak, entre los presos de la cárcel de Abu Ghraib. O también las denuncias realizadas contra el trato hacia los encerrados en Guantánamo y acusados de participar en la matanza del 11-S.

El recto criterio de Amnistía Internacional es que ningún gobierno puede recurrir a tales métodos, porque más allá de lo que un ser humano haya podido hacer, todavía sigue siendo eso, un ser humano, y por tanto es sujeto de ciertos derechos y garantías inalienables. Una de ellos es la dignidad, que ha de ser respetada por encima de todo. En el caso de que algún gobierno viole ese principio se hace culpable y es objeto de denuncia. Por este motivo algunas organizaciones terroristas intentan por todos lo medios culpabilizar a los gobiernos enemigos, aunque no siempre tales acusaciones están fundadas, siendo simplemente un ardid engañoso para justificarse ante la opinión pública y condenar al adversario.

En cualquier caso, la tortura, efectivamente, es una violación del derecho y degrada al torturador, al hacer aparición la crueldad con su rostro terrible y despiadado. Aunque algunas torturas son más ´consideradas´ que otras, piénsese por ejemplo en el caso de secuestrados que cuando son liberados afirman haber recibido un trato respetuoso de sus captores, todas son igualmente aborrecibles. Por supuesto, todo torturador busca su justificación: Unas veces será la razón de Estado, otras la invocación de elevados principios, como la religión o la nacionalidad, otras el triunfo de una determinada ideología y otras simplemente la supervivencia o la ganancia material.

Si hablamos de tortura necesariamente tendremos que referirnos a una de tal clase que, sorprendentemente, no está considerada por Amnistía Internacional como objeto de denuncia. Se trata de una tortura ejercida hacia alguien que no ha recurrido a ninguna forma de violencia y a quien podemos considerar inocente desde cualquier punto de vista. Se lleva a cabo legalmente en muchos países del mundo, con el respaldo de sus gobiernos, la aprobación de muchos ciudadanos y el silencio de otros. Aunque por más legal que sea no deja por eso de ser tortura.

Se realiza diariamente; en algunas naciones en lugares bien equipados y por personal especialmente preparado y pagado para que la realice. En todos los casos acaba en la muerte del torturado. Porque aunque el propósito no sea torturar a la víctima, ´solamente´ aniquilarla, es necesario, para conseguir este último fin, pasar por el desagradable trámite de la tortura. Si los medios no son muy sofisticados o el personal no está bien especializado, la tortura se alargará y el expediente se hará trabajoso y penoso, corriendo incluso peligro la vida de la otra persona a la que la víctima está biológicamente vinculada. Pero incluso con los mejores medios y los profesionales más cualificados, nadie puede garantizar un ´trabajo´ totalmente aséptico.

Naturalmente, las justificaciones para esta tortura ingrata e indeseable, pero inevitable, existen. En determinados países consisten en la victoria y primacía de cierta ideología, la feminista, que para sacar adelante sus tesis, necesariamente precisa que la carrera que dio origen a estas torturas siga adelante.

Tal vez llegue un día en el que se descubra un método eficaz para aniquilar a las víctimas inocentes, sin que medie tortura. De esa manera ya no habrá ningún problema para que esa implacable ideología pueda sentirse eximida de cualquier acusación, a la vez que se sigue alimentando la noción de que los bárbaros y torturadores son solamente otros, a los cuales Amnistía Internacional hará bien en seguir denunciando. Claro que, incluso en ese supuesto, ni siquiera entonces se podrá eludir la atrocidad de que se estará matando a inocentes, aunque sea sin tortura.

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